perfume

Desde el primer día que nos conocimos delató su interés. Hoy cuando ya no existe más que en el recuerdo cierro la historia en un pequeño homenaje a la perversión de un hombre que alguna vez me hizo feliz.

Siempre me metía la mano en los calzones para impregnarse del olor de mi vagina y lo aspiraba como que si fuera una droga exquisita. Si estaba húmeda me metía los dedos y luego se pasaba los fluidos por la cara. Los olores íntimos de una mujer eran parte de sus perversiones sexuales, por eso mis bikinis estaban siempre en su nariz. A mí me encantaba ese juego y el placer erótico que le provocaba como hembra.

Apenas lo conocí  se apasionó con el aroma de mi cuello. Mi perfume sintético mezclado con el químico del cuerpo no lo dejó indiferente. Nunca un hombre había incursionado conmigo en este plano. Igual el mino era un artista, sin duda, que con los años se aprenden las técnicas de la seducción. Así que un punto para él, que aunque está lejos es parte de las relaciones inolvidables e insuperables en muchos aspectos.

Este es el mismo mino aséptico del que nunca recuerdo su olor a macho. La onda es que se me fueron quedando los calzones en su casa cada vez que teníamos buen sexo, luego los dejaba por ahí. Siempre me gustaba comprar ropa interior de todos colores y sorprenderlo. Entonces tengo un buen repertorio de ropa con encajes. Hace poco me compré una camiseta roja que en la parte de las tetas tiene la mayor transparencia, además que el efecto de levante es genial y se ven potentes. Aún no lo estreno. Espero el momento glorioso de uso. .

Y el galán inexistente ahora en mi cama fue el más olfateador de mis puntos feromónicos y sexuales. Además de tomarme el sabor por todos lados. Con él sentí  por primera vez que el sexo oral valía la pena y que era una excelente alternativa a la penetración. Nadie más me lamió el pubis así, ni nadie más se preocupó del olor de mi ropa.

Todo funcionaba, hasta que un día sin querer y buscando evidencias de su promiscuidad encontré varios calzones en bolsas ziploc, faltaba la etiqueta y el nombre de la mina a la que pertenecían. Mientras yo creía que era única, el weón le tomaba el olor a todas las vaginas que pasaban por su lado. Estaba rayado

Frida Montes