El otro día iba caminando tranquilito por calle Sotomayor cuando una señora cincuentona (digámoslo así) que venía en sentido contrario me grita ¡Tomás Bradanovic!, como yo soy muy malo para las caras la saludé con risita de circunstancias sin saber si tratarla de tú o de usted ¿quien diablos sería?, así es que le dije un poco comprometedor ¿que tal?. y la señora me abraza muy entusiasmada ¡pero tantos años hombre! ¡apuesto que no te acuerdas de mi!.

Era obvio que no me acordaba, pero la crueldad humana se ensaña en esas ocasiones, empezando el típico juego del gato y el ratón ¡pero mírame bien!, yo atónito tratando de hacer funcionar las pocas neuronas que van quedando y ella mirando con una cara de ¿y…? lo que aumentaba mi desesperación. La única persona conocida que se me venía a la memoria era Doña Tremebunda, la suegra de Condorito.

Mi problema: antes de seguir, debo contarles que cuando era niño una vez subí a un bus donde iba mi mamá, ella era muy bromista y conocía mis problemas de mala memoria visual así es que me miró inexpresivamente mientras yo me quebraba la cabeza ¿será o no será?, no fue hasta que llegamos al paradero cuando ella me dice muerta de la risa ¡saluda, roto maleducado!. También he confundido varias veces a otra persona con la Pilar y si el Tomás Jr. no me saluda en la calle tampoco lo reconocería.

Pero volvamos a la señora, grande y muy gorda que seguía mirándome con cara de pregunta, ¡que situación más incómoda!. Finalmente se apiadó de mi y me lo dijo; habíamos sido compañeros en Inacap el año 1974 “siempre me acuerdo de tí ¡si fuiste el único del curso con el que no me acosté! ¿sigues igual de pavo?”.
Se me heló la sangre porque la Patricia (llamémosla así) fue mi amor imposible de esos juveniles años cuando ella era un monumento de mujer, la más ricarda de todas. Me contó que se había separado hace poco (glup) así es que estaba nuevamente en el mercado abierto (glup, glup), lo peor fue cuando me despidió diciendo “fíjate ¡si estamos igualitos!”.

Me echó a perder el día. No me interpreten mal porque yo nunca le he dado mucha importancia al aspecto físico -si supieran de algunas me quitarían el saludo- pero el contraste entre el recuerdo de mi linda y joven compañera, versus el camión que tenía enfrente me deprimió un poco, no puedo negarlo, tampoco puedo negar que mi siguiente pensamiento fue ¡de la que me salvé! porque creo que en esos años si que estaba estúpidamente enamorado de una cara y un cuerpo perfectos, me hubiese chasqueado los dedos y yo demás me habría embalado.

Pero no siempre ha sido así la cosa, esta fue la primera vez porque todas mis demás amigas se las han arreglado para mantenerse en forma y muy aptas para el consumo humano a pesar de los años, algunas parece que hicieron pacto con el diablo. Pero esta traumática experiencia que les conté me hace temer que me encuentre con alguien de aquellos años, que me recuerde joven y pelucón. Seguramente se va a llevar un shock al verme canoso, medio pelado y con una ponchera incipiente. Son los años que pasan hijitos, ñaca, ñaca. Nada que hacer.