Tendría que evidenciar mis sueños, que albergué por más de 25 años, para darle forma al contexto de lo que viene…

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Fui romántica empedernida hasta que me di cuenta que la realidad me jugaba siempre al revés y distaba mucho de la utopía insistente. Respecto al matrimonio, siempre lo imaginé ideal, algo diferente, con ritos, espacios singulares, y, por supuesto, con un compromiso imperecedero. Formar una alianza con otro ser para integrar una unidad indestructible no es trivial y la vida pocas veces nos ofrece una oportunidad para un enlace con connotaciones de este tipo. Entonces podemos darnos el gusto de nuestras vidas alguna vez y manifestarnos en todo nuestro apogeo para el último baile, el último amor, el último matrimonio y la última pareja, que sea nuestra en toda su magnitud.

¿Te quieres casar conmigo? Puede ser la pregunta que muchas mujeres podríamos esperar alguna vez. A veces la ansiedad provoca que nunca llegue y otras veces aparece cuando menos lo esperamos. Más aún, teniendo nuestras rutas claras y matizadas con miles de certezas, terminamos sucumbiendo con voluntad plena a una nueva experiencia. Y ahí radica la magia de tener oportunidades irrepetibles.

Además de los típicos matrimonios occidentales, existen los andinos, cuya ceremonia es liderada por un yatire, que junto a los apus tutelares convoca a la pacha mama y al tata inti, para que la energía ancestral tome posesión de las vidas que se entregan en una historia eterna. Los mallkus o cerros son los lugares ideales para efectuar este rito, que implica ofrendas a la tierra con coca, copal, incienso y licor, especialmente cocoroco. Los andinos del Perú consideran en sus ritos que el novio bañe a la novia con agua que contenga pétalos de flores y eso se percibe como un acto de purificación muy hermoso. En otra zona del Perú usan amuletos para el amor, los huacanquis, que son signo de un compromiso amoroso. Finalmente, lo que prevalece son las ofrendas a la madre tierra, que en su etimología más pura implica espacio y tiempo, y se relaciona con la protección.

MATRIMONIO ENCADENADO

Alrededor de 400 personas tuvimos el privilegio de participar en un matrimonio andino en Putre de Clemente y Angélica. En la preciosa iglesia los adornos incluyeron globos y flores naturales. En los momentos previos los diferentes padrinos, de torta, de banda, de comida, de vestido y de anillos, esperaban la llegada de la novia, que tardó lo necesario para dejar nervioso al novio, que miraba de reojo hacia la entrada. El frío hacía lo suyo en los cuerpos poco acostumbrados a habitar las bajas temperaturas andinas, hasta que finalmente partió la ceremonia con un simpático cura peruano. Un aspecto diferente de este ritual fue cuando les pusieron una larga cadena alrededor del cuello en una unión que involucró la totalidad de sus existencias.

Terminando la ceremonia religiosa los invitados se fueron encaminando hacia el local donde la banda de Oruro “Sin Límite” tocó sus mejores temas. El brindis de rigor, la fila de los invitados con sus regalos, la torta de 12 pisos y el exceso de cerveza para acompañar la carne de camélido y cordero, fueron parte de la fiesta. En las mesas nos encontramos con madrinas inesperadas y padrinos que quedaron pendientes. El matrimonio de ALTURA cualquier día tendrá una nueva versión, y como siempre será especialmente distinto a lo acostumbrado, con la tradición vida y recuperada desde sus esencias, como una forma de hacer un tributo a la interculturalidad, donde impere al alma andina que florece en la dualidad de una cosmovisión ancestral. Puede ser una revolución. Efectivamente. En buena hora. Jallalla.

Ada Angélica Rivas

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