Mujer Solitaria

Tuve que despedirlo.

Decirle que nunca me dijera nada más al oído. Ni me mandara mensajes de texto, insinuando momentos de amor apasionado. Fue suficiente conocer lo mejor de él y probar el elixir de sus labios, dispuestos a besar los pliegues de mi piel deseosa de amor. Fue apoteósico recorrer nuestras selvas humanas hasta volvernos animales en cada encuentro. Fue loco compartir nuestros cuerpos en plena sesión amatoria hasta perder la razón. Mezcla de sexo y amor en toda su extensión como nunca antes lo había vivido. Por eso la despedida. Antes del agotamiento. En pleno apogeo.

Me enamoré de un hombre que pasó por el camino de mi vida y dejé que probara el sabor húmedo de mis piernas, para quedar como marca registrada en sus papilas gustativas. Le di espacio para que sus dedos exploraran todo lo que necesitaban conocer de una hembra como yo, hasta quedar con la forma de mis tetas en sus manos. Tuvo todo el tiempo para absorber el olor de mi cuello, de mis brazos, de mi pelo, de mi cintura y de mi pubis que lo requería a cada instante. Creo que nunca se dio cuenta que lo que tenía al frente no era una puta de salón, sino una mujer entregada en cuerpo y alma.

Podría haber continuado todo el tiempo que hubiera deseado con este hombre formidable. Pero nada es perfecto y aún cuando nadie se dio ni por enterado de su existencia y no me interesaba que así fuera, tampoco estuve dispuesta a ser el segundo plato. Hoy a los cuarenta años cuando percibo a mi alrededor muchas oportunidades de amantes transitorios, me di el tiempo de amar con total entrega a mi hombre, que dejé en un paréntesis, porque la verdad es que nunca fue mío.

No habrá más oportunidades para él ni para mí. Suficiente todo el tiempo de pasión que viví  como si fuera el último día, pues se anunciaba un fin a un encuentro que nunca empezó. Siempre estuvo en el aire, nada aterrizado, él sólo deseaba la tocata y fuga, mientras yo dejaba mi corazón abierto a una nueva oportunidad de amar. La última.

No habrá más enamoramientos baratos ni amores plenos. Desde hoy viviré como un hombre. Probaré todo lo que llegue pero selectivamente. Hace rato que algunos hombres miran más allá de mi sostén y dejaré que entren los que me gusten, los que aprendan a lamer mis zonas erógenas, los que sacien mi sexo, los que me digan palabras sucias, los que prendan velas e incienso alrededor de mi cama, los que lleguen con rosas rojas y una botella de vino, los que actúen más y hablen menos.

Nada más de amor rosa. Nada más de palabras poéticas. Nada más de atardeceres. Nada más de café ni chocolates. Nada más de esperas eternas. Hoy dejo en el camino la última capa de piel que quedaba de esa mujer que aún creía en la existencia del amor.

Frida Montes