El primero de noviembre en el Cementerio Indígena de San Miguel de Azapa todo sucede. La antesala son los concurridos estacionamientos donde no cabe ni un alfiler, pues este día la convocatoria es para moros y cristianos. Los deudos y los seres que desean compartir la mirada de la cultura andina ante la muerte. En este último grupo me incluyo.

Después de estacionar hay que subir las calles empinadas un par de cuadras desde donde se siente el olor a fritanga y a música de bandas de bronce mezclada con los instrumentos de viento. Las flores de papel opaco y brillante hacen gala de sus colores. En el desierto son la mejor solución para la falta de agua. Los locales callejeros acumulan sopaipillas gigantes como lunas llenas, anticuchos con una papa cocida en la punta, empanadas, picarones pasados en chancaca y otras exquisiteces con un matiz nortino.

La entrada del cementerio nos cautiva con la primera banda que toca música para bailar alrededor de la tumba. Basta con llegar para sentir cosquilleo en los pies por seguir el ritmo. Con mi amiga Emma nos quedamos todo el tiempo que pudimos saborear la música que nos embriagó hasta el alma. Luego una banda peruana nos conquistó con sus sones andinos y fuimos a apreciarla un rato.

La multitud no se detuvo en el ir y venir en el espacio que alberga las almas de vivos y muertos. Aparecieron los Lakitas y desde ahí nos movemos en torno a su rutina, que incluyó muchos pedidos de una y otra tumba. Terminaron sin querer con un grupo de baile que le puso salsa a cada pieza que tocaron. La gente miraba y reía, luego hombres y mujeres dueños de casa se atrevieron a sacar a bailar a quienes de lejos denotaron no pertenecer a la etnia aymara, pero que en el corazón llevan la sangre morena de la tierra del norte.

La tumba de Juana Mamani fue el lugar donde las familias bolivianas generosamente nos acogieron y obsequiaron cervezas por doquier. Y hubo que beberlas, si no el desprecio era notable. Así que conociendo los códigos, no equivocarse fue la consigna. Empezó el atardecer y nos despedimos con el mejor regalo que pudimos imaginar, los panes de tanta wawa, panes con figuras que se obsequian en forma exclusiva a los afuerinos, porque son para la familia.

Avanzamos hacia otra tumba en la mitad del cerro y aquí un grupo que tocaba los bronces como los dioses despide toda la luz existente. El baile fue total, como en trance. Entre cervezas y música maravillosa no había nada más que ser feliz, sentir el albergue de la pachamama y dar gracias por la oportunidad de estar en el cementerio donde se les ofrece comida y música a los difuntos que por tres años son los muertos vivos, en busca del camino hacia el más allá, guiado por un animal negro sacrificado previamente.

Los carabineros empezaron a sacar a la gente del cementerio cuando estábamos en lo mejor de la música y el baile. El corte es abrupto, el cementerio tiene horario y la noche es una boca de lobo. Nos vamos con plenitud total, nuevas redes con el mundo andino se tejieron en un espacio para la muerte, donde el alma mundo concentra las almas del cementerio.